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  • Foto del escritorCamilo Fidel López

El día del canalla

Actualizado: 15 may 2023

El canalla quiso hacer el mayor daño posible. Por eso escogió el día de la madre y un centro comercial repleto de gente. Cumplió su promesa y su deseo y luego de dispararle a la joven mujer, quien moriría de inmediato, trató de matarse. Fallecería horas después. Me enteré en la tarde. Horas antes, en la mañana, me estremeció la columna de Daniel Coronell en la que relataba las artimañas de un asesino y violador, con casi dos décadas de impunidad, que trata por todos los medios de evitar ir a la cárcel. Acaba de ser capturado. Todo ocurrió en otra fecha especial: el primer día del año de 1994. Semanas más tarde, cuando se supo descubierto, escapó al Brasil amparado por el dinero de su familia. Curiosamente, también a comienzos de mes, oí el valiente relato de Natalia Ponce en el podcast de Santiago Alarcón en el que detalla cómo pudo regresar a la vida, después de que un tipejo, al que apenas conocía, le tirará dos veces ácido sulfúrico en su cara y en su cuerpo. Desfigurándola para siempre.

Por supuesto, estas historias no se me atravesaron por alguna casualidad o solo porque mi condición de padre de una hija me haya hecho más atento a este tipo de eventos. Al contrario, los tres crímenes son tan solo tres pruebas más de una realidad irrefutable: el permanente estado de indefensión de todas y cada una de las mujeres, sin excepción, respecto a un grupo numeroso de hombres que están dispuestos a hacer lo que sea para hacer prevalecer sus caprichos masculinos y deseos enfermos.

Negro sobre Gris, Mark Rothko


Ante estos hechos, reiterados en cientos de versiones, no caben los rodeos. Tampoco las excusas. No se trata de casos aislados o de criminales que padecían algún tipo de enfermedad psiquiátrica, como muchos quieren creer y hacer creer. Se dede admitir sin reparos que todo lo que sucede es una realidad innegable y aberrante que se representa en una cultura de violencia y maltrato hacia la mujer. Un estado de las cosas en el que casi todos los hombres tenemos responsabilidad. Ya sea por minimizar o menospreciar los trágicos eventos con explicaciones ligeras (que no pocas veces terminan culpando a la víctima) o por negar la tozudez de las circunstancias, sin sonrojarse, al afirmar que se trata de una exageración ideológica de feministas rabiosas que quieren quemarlo todo (de nuevo, ellas son las responsables). Incluso he alcanzado a oír, como forma de justificación, a prestigiosos autores y profesionales que distorsionan el asunto al afirmar que son más los hombres que mueren por hechos violentos. Mezclan manzanas con mujeres asesinadas.

No se puede claudicar hasta que se acepte, sin titubeos, que los feminicidios son un crimen que no solo afecta a la víctima sino a todas las mujeres; a la vez y cada vez. Estos delitos, de una u otra manera, dificultan su vida menoscabando su bienestar: al hacerlas sentir inseguras y desprotegidas en su cotidianidad, en un mundo en el que no saben cuándo se cruzaran con el hombre equivocado. Mucho se le pide a las autoridades en cuanto al cumplimiento de deberes de protección ante este tipo de violencia, pero ya va siendo hora de que los hombres estemos más atentos a toda esta infamia que sucede a nuestro alrededor. Supongo que se puede empezar ayudando a detectar y desterrar la raíz del problema individual y colectivo en el que estamos inmersos. Se puede empezar por abrir los ojos ante la deformada concepción que se tiene de la autonomía de la mujer y reconocer y desmantelar los impedimentos que damos por ciertos y que obstaculizan su libertad y su soberanía.

No puedo negar que por mi hija esta realidad me preocupa y me conmueve cada vez más. Es desgarrador sentirse impotente ante un mundo que se niega a cambiar y a reconocer todo lo que está pasando. Esta indiferencia y esta irresponsabilidad sirven como la mejor coartada y la más efectiva de las defensas de todos los canallas que pronto cumplirán su deseo enfermo de someter a una mujer. Se saben impunes en su imaginación y esto los ayuda a tomar la terrible decisión de acabar con la vida de su novia, esposa o conocida. El día del canalla son todos los días. No es una curiosidad; no es una casualidad; no es un crimen pasional, es una realidad que debe ser atendida y modificada. Una realidad inaceptable y vergonzosa que siempre estará latente para cualquier mujer. Es momento de asumir la responsabilidad como hombres y despertar ante muchas otras violencias que hoy aquejan a las mujeres y en las que, no pocas veces, nos vemos involucrados como responsables. O aún peor, como cómplices por indiferencia e incredulidad.

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