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  • Foto del escritorCamilo Fidel López

El derecho a la pequeñez

Actualizado: 29 ene

Así debió ser. Aunque cueste imaginarlo hubo un largo tiempo en el que la naturaleza primaba sobre el hombre y la mujer. Una época donde los ruidos se apropiaban de la noche sin jerarquías. Cuando el croar de un sapo podía vencer al escándalo de un trueno y el viento furioso hacía temblar las montañas mas empinadas. Ese buen rato en que el mar todopoderoso no era una pista para dormir que sonaba en audífonos blancos y diminutos sino una fiera de miles de fauces que rugían una sobre otra. (Ahora creo que el silencio es un invento humano que camina erguido sobre los montes agonizantes). Tiempos viejos cuando en las noches enteras y casi oscuras las palmeras parecían siluetas recortadas con tijeras de punta roma sobre papeles azules. Así debió ser todo antes de todo. Y también así debió ser Colombia antes de mudarse a esa otra Colombia. Un mamotreto de paisajes indescriptibles que sorprendían en todos los direcciones. Una mañana de sol en la que los pájaros sobrevolaban árboles más curtidos que el tiempo y los cangrejos dejaban pequeños surcos que parecían palmeras alrededor de sus cuevas de arena. No pretendo calificar a la naturaleza como un orden moral ni verla como una virgen pura o un espectro malhechor. Me refiero a cuando la naturaleza no era el despojo que queda atrás luego de los pasos de algún astuto (más que todo un necio) que creyó poder controlarla. La naturaleza es anatema del deseo del ser humano.

Llevo un par de días en la costa del mar Pacífico colombiano. Desde luego el asombro se desplegó ante mí con toda su insolencia. Hace casi treinta años que no venía por estor lares pero los encontré intactos. Una belleza contenida en un territorio de ensenadas en los que la selva se rasca la espalda con la playa y las nubes llenas de lluvia hacen lo que se les da la gana, incluso partir. Vine además a conocer y entrevistar personas para confirmar mi afición por saber de las poéticas de las gentes simples; un hallazgo bienaventurado aunque inobservado que se diluye por los gritos de aquellos jactanciosos que dictan la verdad desde sofás de cuero caliente; allá donde el silencio es ley. Supe de hombres que le hablaban a las plantas y que las bautizaban de acuerdo al efecto pretendido: a que fueran hierba mala o hierba buena. Me enteré de que no se cocina con las manos sino con el corazón sazonado de toda una comunidad lejana y alegre. Oí de niños pescadores que saben encontrar su comida con solo mirar salpicaduras en la superficie del mar. Aprendí que la cultura ancestral se parece a un manglar en donde todo nace y florece y que por eso en muchos lugares se les echa escombros. Admiré a un científico que dejó atrás el laboratorio y las comodidades para formar a cientos de jovenes con ciencias del otro lado del mar pero sin olvidar lo que les han dictado las estrellas a sus antepasados. Quedé fascinado y absorto, como en un sueño lúcido en el que no se sabe trazar la frontera entre lo que sucede y la alucinación.

Y todo esta perplejidad me tocó mientras veía de lejos noticias de cerros incendiados de mi ciudad y tenía conversaciones con Pacho en la que me contaba que en México se está agotando el agua y por eso llegaron racionamientos drásticos y preocupantes. Mientras miraba al mar, y leía una novela que mucho tiempo me persiguió, una horrenda idea se posó sobre mí como la bruma espesa o el humo asfixiante: esto pronto se acabará. Pronto llegará a su fin. La máquina del deseo humano que mal llaman desarrollo pronto vendrá por ella. (No es extraño que desde hace rato merodee la idea de un puerto en estas playas). Pero también pensé en que la resignación es mala consejera y que de nada sirve gritarle al meteorito y muchos menos negarlo. Cada día existen más pruebas contundentes y voraces de la catástrofe climática y los debates se ciernen y encierran en los personajes que la admiten o en el payaso triste y sus colegas que se atreven a cerrar los ojos y afirmar con vehemencia que nada pasa.

Sin embargo, lo que mas me atormenta es saber que quizás, y si nada se hace, mi hija no podrá tomar una lancha por una hora hasta llegar a un paraíso incrustado en la mitad de la selva y que llegada la noche y ante una tormenta furibunda se pueda parar en un balcón y reconocer que esta viva gracias a la naturaleza que le golpea la cara en forma de ventisca y gotas de agua desparramada. Me aturde pensar que todo esto se lo perderá para siempre: la casa de las ballenas por la que me pregunta cada vez que la llamo en las noches habrá desaparecido. Más que un clamor, la defensa de la poca vida natural que aún queda debe ser una prioridad para todos a quienes nos interesa sobrevivir. Y no permitir que los otros, llenos de arrogancia y codicia, les arrebaten el derecho a la pequeñez de las nuevas generaciones: esa sensación ineludible cuando se esta enfrente de la majestuosidad de un río, un monte o un mar. Si ya no queda tiempo para defender lo que queda, habría que inventarlo.

Hotel La Kuka, Playa Guachalito.
Nuquí, Chocó.
28 de enero de 2024.



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