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  • Foto del escritorCamilo Fidel López

La soledad en la palma de la mano

Luego de ir sentado, el mejor puesto de Transmilenio es el espacio reservado para sillas de ruedas o cochecitos de bebés. Es muy fácil apoyarse contra el vértice de las esquinas y recostar las posaderas sobre la varilla de seguridad. Es un lugar envidiable para leer porque casi nunca se llena. Es extraño, la gente prefiere atiborrarse cerca a las salidas del bus que buscar un poco de espacio. Debe ser que se cree que se llega más temprano si se está al borde la salida. Esta mañana en la parada de la estación Escuela Militar, después de que una mujer joven saliera empujando el coche gris de un bebé al que solo le vi una pequeña mano blanca, el espacio quedó disponible. Aproveché y reclamé como mío ese rincón de lectura. Minutos después terminé un libro fascinante llamada The Data Detective de Tim Harford, que luego de trescientas páginas y miles de palabras, descubre la cura para las idolatrías de la información: la curiosidad. No podría estar más de acuerdo. Un libro es una idea que queda. The Data Detective cumple a cabalidad con esa promesa. Sabiendo que me restaban unas pocas páginas y que me quedaría tiempo en el recorrido a la oficina, mas temprano empaqué otro libro que empecé hace unas semanas llamado Stay True de Hua Hsu que cuenta la historia de un hijo de migrantes asiáticos en su años de universidad en Berkeley. Aún no me descresta pero supongo que me emociona lo suficiente como para saber a ciencia cierta que lo terminaré.

Siempre uso audífonos en los buses, de otra forma no podría concentrarme en mis lecturas y, de paso, también me abstrae de muchas ventas ambulantes y sus anuncios. Sin embargo, el llamado de una mujer, interrumpió mi atención. Pedía el favor a alguien para que le dieran una silla a una señora encorvada que se frotaba la cara con la palma de la mano. Era claro que estaba adolorida casi al nivel de querer gritar. De inmediato, dos personas cedieron su puesto. Como pudo, el bus avanzaba rápidamente, la enferma se agarró de una de las barras y buscó su nuevo lugar. Cuando pasó a mi lado vi que aún tenía el algodón que de seguro tapaba la herida redonda y morada de una jeringa. Se sentó pesadamente sin poder agradecer el gesto de mínima misericordia y sin dejar de frotarse la cara. La miré por un instante, sin dejarme llevar por el morbo, y pensé en la soledad. Tener que montarse en un bus repleto sin ninguna compañía en la mitad de una convalecencia incierta. Era una mujer humilde, con seguridad le quedaba un largo trecho para llegar a casa en la ruta H15 que llega hasta el portal Tunal en el sur de Bogotá. Cuando me bajé en la estación Calle 45, pensé en describir la escena cuando llegara a la oficina. Quise divagar sobre el peso de la soledad en la vejez mientras caminaba pero una llamada de mi madre interrumpió mi frágil y volátil intención de hacerlo.

9 de octubre de 2023


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