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  • Foto del escritorCamilo Fidel López

Lo que sé de escribir

Camilo Fidel López // @CamiloFidel

Lo más valioso que he leído sobre escribir lo encontré en uno de los libros del autor cubano Pedro Juan Gutiérrez. El escritor decía que una historia debe avanzar como una gacela corriendo: liviana, veloz e ingrávida. Ahora bien, el animal no avanzaría un solo paso sin unos huesos -ocultos por la piel parda- que le permitieran sostenerse para huir de las leonas hambrientas. El esqueleto de una historia garantiza su supervivencia. Por supuesto, no se trata de contar siempre lo mismo y, mucho menos, de la misma forma. Pero los años de experiencia como profesor de escritores principiantes, me llevó a comprender que primero se aprenden las reglas y luego se les pone de cabeza.


Durante esa temporada feliz en la Universidad del Rosario, también comprobé, que no basta la genialidad (me crucé a varios talentos impresionantes) si se descuida la disciplina de contar. Fabricar una historia depende de la disposición a observar, sentir y oír. Perdí la cuenta de los relatos que tuve que revisar en las que el universo del héroe no era más que replicas de lugares comunes fruto de la falta de experiencia. Todos, los que alguna vez nos decidimos por escribir, cometimos ese mismo error; y es probable que lo volvamos a cometer. Nadie está a salvo de cerrar los ojos.




Por otra parte, los tiempos también han cambiado a nuestra gacela. Y es posible que ya no ande sobre cuatro patas. En los días de la distracción y la actualización, pareciera no ser suficiente imaginar y concebir una historia, sentarse por horas enfrente de una pantalla y sufrir los temblores de la inseguridad y la frustración. Hoy en día, también es importante establecer, con antelación, una estrategia de comunicación. En definitiva, no se trata de un asunto menor, teniendo en cuenta que, por fortuna, la tecnología permite a todos sentirse e imaginarse como narradores. Una honorable libertad que ha resultado en una angustiante dispersión de los nuevos públicos. Si Cervantes hubiese nacido hace cuarenta años, es probable que estuviera buscando la forma de descifrar a su Quijote en tweets de 240 caracteres y presentarlo en videos de un minuto. Aunque parezca un tema generacional, en muchas ocasiones incomprensible, no recomendaría a nadie contar una historia sin que previamente haya contemplado despedazarla. En otras palabras, convertirla en fragmentos y formatos que permitan al relato ver la luz, o al menos sacar la cabeza entre la multitud ruidosa, para poder respirar. Don Miguel habría hecho bien en contratar a un community manager.


Cuando asistí con mi familia al estreno de mi primer cortometraje documental, La Reina de la Fiesta, en el Festival de Cine de Cartagena, tuve una sensación extraña. Sentí que esta sola sería la primera historia que deseaba escribir y dirigir. De inmediato supe esa noche, que no sería suficiente. Comprendí que, al fin y al cabo, el único combustible de la creación, más allá del éxito o el reconocimiento, es el imperioso deseo de seguir creando. Un deseo que sobrepasa el deber y se confunde fácilmente con el destino.



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