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Amor enfermo

  • Foto del escritor: Camilo Fidel López
    Camilo Fidel López
  • hace 2 minutos
  • 3 Min. de lectura
El amor es la fuerza más inmediata de manipulación. Muchas veces es oportuno mirarse en los espejos de la monstruosidad humana y ver algún reflejo conocido en tal abyección. Y, aunque cueste, manotear en la oscuridad que, sin excepción, recubre nuestra naturaleza. Así me sentí al leer Y dejé de llamarte papá, el sobrecogedor testimonio de Caroline Darian, la hija de Dominique Pelicot, el célebre criminal que por años drogó a su esposa para que docenas de hombres —también criminales— abusaran de ella. (En el expediente de la investigación aparecieron fotos inapropiadas de la misma Caroline y sus cuñadas). Pelicot filmaba a su esposa mientras era violada y luego subía los videos a un portal donde hombres lo contactaban para concretar una cita y organizar la próxima violación. Describir su proceder es repugnante. Sin duda, se trata de delincuentes enfermos que no merecen la mínima contemplación de la justicia ni de sus allegados. Muchos, incluyendo a Pelicot, cumplen condenas en varias cárceles francesas. Con seguridad, algunos otros seguirán impunes, disfrutando de sus vidas como si nada hubiera sucedido.

Es incómodo intentar encontrar algún rasgo de humanidad en Pelicot, tal vez porque de esa manera nos estaríamos encontrando a nosotros mismos en él y en su deforme monstruosidad. Por eso, cuando Caroline cuenta cómo su padre, desde la cárcel, trataba de ejercer el amor hacia su esposa —aquella fuerza paralizante—, pude hallar alguna incómoda proximidad. Desgarrar la piel del viscoso monstruo para descubrir al hombre raquítico, tembloroso y desnudo que oculta. Pelicot hizo lo posible por manipular a su mujer con palabras edulcoradas e indirectas, repletas de arrepentimientos diseñados y estratégicos. Escribió cartas para continuar su opresión sobre ella. Lamentablemente, la misma Caroline sintió que, de alguna forma, el plan de su siniestro padre funcionó. La hija no pudo comprender la debilidad absoluta de su madre. Por un tiempo se alejó de ella. Luego entendería que su madre, por décadas, había sido víctima del amor enfermo que su esposo le ofreció. En algún pasaje del libro, llegando al final, la anciana confiesa que prefiere recordar lo bueno que había vivido para poder seguir adelante. Más que entendible.

Luego de todo lo que vivió, sería muy difícil juzgar a una abuela a quien la vida que conocía —su vida— se le esfumó después de una llamada de la policía. Mejor tratar de aguzar la mirada en lo sucedido y entender que el amor puede ser una fuerza bruta y opresiva que busca manipular la realidad del otro y su capacidad de concebirla. Como si se tratara de algún tipo de fábula inventada en la que el ser “amado” es incapaz de ver a su alrededor. Un sueño o una alucinación en la cual el otro ejerce como Dios, fija las reglas y condiciones del cautiverio. En esa medida, es fácil encontrar alguna similitud con experiencias que con frecuencia son aceptadas y toleradas en nuestro entorno y en nuestro interior. En sus cartas, Pelicot declaraba, una y otra vez, el amor absoluto por su esposa, a sabiendas de que dicha declaración retumbaría en la adolorida conciencia de la mujer. Muy similar a como lo hacemos todos al querer convertir el amor —por las parejas, los hijos, los amigos— en una herramienta para que hagan justo lo que se nos antoja.

De cierta manera, Y dejé de llamarte papá es una atormentada confesión de una hija que lucha contra el amor que le profesa a su padre, a quien asegura no podrá perdonar jamás. Una respuesta esforzada y valiente que se levanta como una muralla para defenderla ante el pasado lleno de recuerdos maravillosos: el mismo que la empujaba a ser una niña fuerte y corajuda, años después la drogaría para tomarle fotos en ropa interior. Toda la historia es tan desquiciada que pareciera un cuento retorcido con una moraleja obvia. Una moraleja en la que se advierte sobre los peligros del amor humano. Ese que, en pocas semanas, será celebrado por millones de personas que, quizás sin saberlo, están siendo, ocultamente, manipuladas.

Pelicot en su juicio reciente, fue condenado a 20 años de cárcel.
Pelicot en su juicio reciente, fue condenado a 20 años de cárcel.

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