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  • Foto del escritorCamilo Fidel López

Lo irrevocable

Actualizado: 20 jul 2023

En su Manual para mujeres de la limpieza cuenta Lucía Berlín los últimos días de su padre amarrado a una cama con una camisa de fuerza. Cuando se olvidó de ella y empezó a gritarle barbaridades. La maldecía y maltrataba. Ella lo consolaba -y se consolaba- recordándole los viajes que habían hecho juntos desde la punta de Argentina hasta algún desierto de Arizona. Nada sirvió. Al final de la historia lo lleva a un parque y mientras empuja la silla de ruedas suben una colina. Lo suelta por un momento, y durante un par de metros, los dos viven su última aventura. No dejó de visitarlo aunque sabía que jamás obtendría su perdón.

Anoche un amigo atribulado nos pedía un consejo de última hora. Se debatía entre irse a Nueva York, un viaje que llevaba planeando desde hace tiempo, o quedarse en la Florida con sus sobrinas para visitar los impresionantes parques de diversiones. Las ve muy poco. Una o dos veces cada par de años. Su hermano mayor migró hace mucho y terminó por echar raíces entre la incomodidad placentera de los suburbios. Aunque pareciera una decisión fácil no lo era. Al fin y al cabo, podría volver el próximo verano a visitar a las niñas y ya había comprado los pasajes para viajar a la ciudad purgatorio. Un cambio de planes le costaría dinero. Le dije que pensara en lo irrevocable. Me pidió que fuera más claro. Intenté serlo. No creo que haya tomado una decisión aún.

Lucía Berlín y uno de sus hijos.


Desde siempre el ser humano ha enfrentado dilemas o predicamentos. Su despuntar como especie supuso aprender a tomar decisiones basado en razones; evitando el imperio de sus instintos. Al mirar al cielo se deja de husmear el piso. Una vida mejor encarna -sin excepción- el sacrificio: la primera verdad revelada consistió en que no se puede tener todo al mismo tiempo. Así nació -y progresó- en el cristianismo la idea del santo, del mártir y del célibe. Si se quería una audiencia permanente con Dios se debían lanzar ciertos botines al mar. Y es que por mucho que intenten los trucos publicitarios de contradecirlo, la vida siempre permanece incompleta. Esa es su naturaleza. Vivir es un escoger que no cesa. El enigma se resuelve al saber preferir la mejor precariedad.

En mi caso, a la hora de escoger me inclino por pensar en lo irrevocable. Aquellas circunstancias que se presentan escasas y únicas. Esas oportunidades que son de difícil reemplazo y casi de imposible cálculo. Para estrechar lo abstracto, pienso en lo delicado que resulta la vida de los otros y la fragilidad de los momentos que se comparten. Todo junto me hace más fácil comparar y descartar opciones. Preferir oír las mismas historias del anciano que se queda solo. Acompañar al enfermo en sus noches de desvelo y declinar la invitación a la fiesta que igual sucederá el siguiente viernes. Presenciar la emoción de la amiga que vuelve a enamorarse y dejar para luego las historias artificiales de pantalla brillante. Mirar a mi hija exprimir naranjas y así superar la compulsión de revisar el Twitter. Aunque debo confesar que no pocas veces me decanto por mi egoísmo y mi propio placer. No pienso en nadie más. La reflexión sobre irrevocable no impone un mandamiento, tan solo es una fórmula más para saber aprovechar el tiempo. Cada quien verá.

Es probable que todos queramos el mismo perdón que buscaba Berlín con su padre. El arrepentimiento es una carrera de olimpiada escolar que puede ganarse -y perderse- con facilidad. Supongo que de eso se trata todo: burlar la culpa para vivir mejor. Otro buen amigo se reprocha no haber contestado esa última llamada de su familiar desde el otro extremo del mundo. Estaba muy ocupado trabajando. Su primo moriría pocas horas después. Ya nada quedaba por hacer o reparar. Lo irrevocable es una burbuja de jabón que un rayo de sol revienta.

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