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  • Foto del escritorCamilo Fidel López

Crecer es perder certezas

Ni siquiera fui capaz de leerla completa. No por vergüenza o disgusto, más bien por lo aburrida que me pareció. Aunque pude reconocer la época -muy confusa por cierto- no pude recordar con toda claridad la persona que era cuando la escribí. En 2008 hice más de diez aplicaciones a distintas universidades norteamericanas para seguir adelante con mis estudios como abogado. Uno de los requisitos más desgastantes era redactar cartas personales en las cuales se daban argumentos -disfrazados de historias- para ser aceptado. Duré al menos un año en este proceso. Todas las instituciones me rechazaron Una tras otra. Ese año fui el San Sebastián de las facultades de derecho.

Pedro de Orrente, El Martirio de San Sebastián. 1614


Hace días una de esas cartas llegó a mis manos. Me la envió un antiguo jefe que el tiempo transformó en uno de mis mejores amigos. En ella le anunciaba a la Universidad de Nueva York usando las palabras “certeza absoluta” que ser abogado se remontaba a mi naturaleza más primaria. Esa afirmación bien podría ser catalogada como una confesión, un chiste o una mentira. O tal vez, las tres. No son excluyentes.

Como dice el escritor Felipe Escovar, no está bien burlarnos de esos que fuimos. No pretendo hacerlo. Y es probable que en algún momento de mi vida sí haya sentido que había nacido para ser abogado. Pero lo que sí fue un exceso -que atribuyo a los 25 años que apenas tenía- fue haber hablado de certezas absolutas. En mi defensa, supongo que supuse que no podía titubear en mis intenciones; eran pocos cupos para miles de aspirantes. Tal vez, esos que fueron sinceros y se permitieron dudas legítimas sí fueron aceptados. No lo sé y hace rato que ya no me importa más. En cualquier caso, gracias a la sabiduría y sagacidad de los comités de esas prestigiosas universidades obtuve una lección que espero no perder de vista jamás: no existen las certezas absolutas.

Por supuesto, sí existen las convicciones que pueden ser confundidas con absolutos. De ahí nace tanto el fanático como el santo, que, de nuevo, no son excluyentes. Pero, y no me caben dudas al respecto, las certezas son momentos puntuales que en esencia pasan o se transforman. No están -por fortuna- para quedarse. Así como una brújula que apunta de acuerdo a un magnetismo natural, las certezas se mueven y parpadean con el paso de los días y del existir. Lo absoluto es propio de las estatuas. Lo absoluto es la manifestación de lo inerte.

Hace poco leí una frase del poeta ruso Joseph Brodsky -perseguido brutalmente por las certezas absolutas de los soviéticos- en la que, más o menos, decía que se gastó media vida aprendiendo quién era y la otra media tratando de olvidar a ese que encontró. Le di vueltas al asunto un par de días y concluí que crecer hace parte de desconocer a ese que fuimos y, de cierta forma y como parte de esa ajenidad, oponerse a todo lo que ese espectro del pasado promulgó y comulgó. En otras palabras, lapidar las certezas que fueron. La única revancha posible es renunciar a seguir siendo siempre los mismos. Desenmascarar y archivar lo absoluto. Ver de lejos las convicciones como barcos que pasan frente nuestro cuando estamos echados en una playa y el brillo del sol nos obliga a arrugar los ojos.
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