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El día de mi suerte

  • Foto del escritor: Camilo Fidel López
    Camilo Fidel López
  • hace 12 horas
  • 3 Min. de lectura
Cuenta Stephen King, en su fabulosa biografía-manual de escritura “On writing”, que el día en que vendió, por una suma inesperada, los derechos editoriales de Carrie (la historia que se convertiría después en la icónica película del mismo nombre), salió corriendo a comprarle a su esposa un regalo inusual. No pensó en joyas, ropas finas o pieles de animales. King le compró un secador de pelo. Eso demostraba su situación económica, pero también el talante del joven escritor. La sorprendió con el regalo mientras ella preparaba la comida en la diminuta cocina de su diminuto apartamento. Al verlo, curiosa, preguntó a qué se debía el detalle y le recriminó por haber hecho tal gasto en días tan aciagos. King, sin dudarlo, le contó de la llamada de su agente. Ella lo abrazó fuerte y lloró por un rato. Aunque la familia pasaría luego por varias vicisitudes —incluyendo las adicciones del escritor— jamás volvería a tener preocupaciones económicas. Ese día no lo olvidarían jamás. Un momento que espera todo aquel que apuesta porque su trabajo esforzado, en algún momento, dé los frutos esperados. Un sueño despierto que nos sucede a millones a diario. A la mayoría, desafortunadamente, quizás jamás les (nos) llegará. La vida no es justa y aquello que se llama mérito, en un importante número de casos, no es más que el desenlace natural de algún capital previo acumulado. Ser hijo de, conocer a o haber estudiado en, no son más que manifestaciones de este tipo de aparente casualidad que favorece solo a unos pocos. Hay varios libros al respecto. Más allá del falso mérito, los días de la suerte se tardan en llegar. De eso se trata la fantástica canción de Willie Colón; de la anhelada  suerte que se niega a cambiar. Eso a lo que los griegos llamaban peripeteia (o cuando este cambio de fortuna venía acompañada de una revelación trascendental, anagnórisis). En lo personal, suelo tararear la canción cada vez que un rechazo, un fracaso o una adversidad se presenta ante algún plan o proyecto. Pronto llegará el día de mi suerte / sé que antes de mi muerte seguro que mi suerte cambiará. Con la reciente muerte de Colón volví a pensar en eso que llaman suerte y su naturaleza fundamental: la escasez. Si la suerte creciera en los árboles no sería tal y lo que es: devendría en una circunstancia cualquiera que de común y corriente carecería de importancia. Pero la suerte, tan esquiva, afirma el mismo King en su libro, solo le llegó luego de intentar vender uno de sus cuentos e historias una y otra vez. El libro está lleno de los rechazos y las precarias condiciones en las que ejerció su oficio por años, antes de la llegada de ese día feliz. La fábula y su moraleja parecen completarse más adelante cuando el curtido escritor —que en su acervo tiene obras tan importantes como El resplandor— aconseja que si alguien no está dispuesto a comprometerse por completo con el oficio de escribir, es preferible que abandone la idea. Porque, en esencia, de eso se trató la suerte de King: en el incansable ejercicio de escribir, escribir y seguir escribiendo. Muy a pesar de tener dos hijos y dos empleos simultáneos como profesor y como operario en una lavandería, no hizo más que pensar, rayar papeles y sentarse en su estrecha mesa. Y solo su esposa, a quien conoció en una lectura de poesía, lo animaba a hacerlo. “Tienes algo valioso aquí Stephen, no pares” le decía al leer sus manuscritos. Y es probable que en eso también consistiera la suerte de King, no tanto en la llamada que anunciaba los cientos de miles de dólares, sino en la persona que tenía a su lado. La mujer agradecida que abrazaba un secador de pelo nuevo como el mejor de los regalos posibles. La misma que lloraba por la convicción de saber que la vida —por fortuna— les había cambiado para siempre.


 
 
 

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