Los trasnochos y el olvido
- Camilo Fidel López

- 5 feb
- 3 Min. de lectura
Todo acto de escritura es un acto de revancha ante el olvido. Algo siempre queda por fuera y algo siempre sobra. El presente está repleto de detalles y el texto que lo intenta describir — que pretende hacerlo quedar— es tan solo un compendio arbitrario de lo ocurrido. Palabras y frases hilvanadas que parecen las escasas gotas que cuelgan o se sostienen de la malla de un colador blanquecino. Lo demás se pierde, se desagua para siempre. Imagino que por esa lánguida recompensa aún insistimos en escribir la vida: para consolarnos por la desmemoria y así sobrellevar ese barrido natural que hace que lo viejo y lo sucedido aparezcan como novedad y desconcierto. La vida ya vivida en un envase sin estrenar. Me está sucediendo con los trasnochos con mi segundo hijo. Aquellas jornadas de intervalos breves en los que se convierte la noche cuando se cuida de un recién nacido. Al vivirlas de nuevo sé que las había olvidado en sus particularidades. La intensidad, la impaciencia y el asombro, hace dos meses, eran un recuerdo genérico y plano. ¿Cómo han dormido?¿Han podido dormir?¿Ya duerme el niño toda la noche? Son ahora las preguntas crueles y vidriosas de los demás padres de hijos crecidos. De pequeñas e imperceptibles venganzas está formada la vida del adulto. Desde luego, la respuesta es una sola: no. De eso se trata, y en eso reside su dificultad: en no poder hacerlo. La hora de dormir se convierte en largos momentos de somnolencia, interrumpidos por episodios de sueño profundo y culpable. Leí por ahí que el sueño de antes, en su forma y en su profundidad, solo se recuperará seis años después. Pero no importa. Es un precio justo. El propósito mayor de amparar a los hijos, en su momento de mayor fragilidad, supera en las cuentas largas la incomodidad. En las cuentas cortas, ese primer gesto de paternidad, parece la colina más inclinada y rocosa. Sabiéndolo ya y temiendo la desmemoria que traen las llanuras de la mente, he querido estas mas atento de todo y, esta vez, escribirlo en lo posible. No se equivocó mi buen amigo al decirme que aproveche y atesore incluso los momentos más frustrantes y molestos, porque pasan muy rápido. Ninguna madre o padre exagera cuando la afirma. Con esa realidad que pasa en un chasquido de dedos, desaparecen los detalles que lo significan todo. La forma atropellada de respirar que suena a ronquido fino por la leche que apenas empieza a atravesar la garganta. Las primeras miradas de pupilas redondas que en la mitad de la madrugada aparecen como el destiempo más hermoso de todos. Las muecas con la nariz y la boca que revelan alguna incomodidad: un pañal hinchado, una sed aún no saciada o las ganas de dormir interrumpidas por los cólicos. El olor dulce de las sienes de mis hijos, de todos los hijos del mundo. Las interminables poses que se intentan para acabar con el malestar de los gases y los masajes redondos en la espalda y en el vientre. La victoria del eructo seco. El cuidado milimétrico e inútil que se tiene al devolverlos a su cuna aneja. El escalamiento del llanto, que comienza como un quejido y termina en un grito. El llanto como único lenguaje, el llanto como recordatorio de que ahora alguien nos necesita de verdad. Un recuerdo tras otro. Muy pronto las noches volverán a ser las mismas de antes. Lo sé porque ya lo viví. Todas esas incomodidades desaparecerán mientras los hijos nos necesiten cada vez menos. Cada día y cada noche son una última vez. Un presente detallado, como si se viera —y viviera— a través de un microscopio, que desaparece con las horas, como la vida breve de un insecto luminoso. La perdida irreparable que trae el tiempo que no sabe detenerse. Esa condena que me conmina a escribir para no perderlo todo. Para que con los años me pueda arropar con estas palabras escasas. Cuando el olvido quiera triunfar sin reparos
Ciudad de México, 5 de febrero de 2026




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