Los lugares tristes
- Camilo Fidel López

- hace 6 días
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Actualizado: hace 2 días
Había oído del lugar en una entrevista que le hicieron a Chavela Vargas. Era ahí donde solía emborracharse con su amigo José Alfredo Jiménez; cuando ella aún bebía y cuando él aún seguía vivo. No es que lo tuviera presente: era un recuerdo vago lleno de agujeros, que emergió ante el estímulo adecuado: caminar sin mucho propósito por el centro histórico de Ciudad de México un domingo por la noche. Supe que debía aprovechar esa primera oportunidad para honrar esa memoria frágil y visitar la famosa cantina Tenampa. Mientras llegábamos empecé a recordar varias conversaciones alucinantes que había tenido con amigos. Buenos borrachos todos. Al parecer se trataba de un lugar fuera de lo común. Un espacio exuberante en el que el tiempo se suspendía entre los vientos templados de una trompeta de ranchera. No se equivocaron. Apenas entré, sentí que la nostalgia me invadía. Una más de esas ventiscas tan propias de esa ciudad en donde el pasado se entromete a codazos entre el futuro y el presente. Ciudad de México no tiene líneas de tiempo sino resortes que brincan, una y otra vez, entre épocas. El lugar no estaba lleno: un par de mesas ocupadas por cumpleañeros y turistas que miraban — como nosotros— los murales, los techos y los mariachis con asombro. Por alguna razón imaginé la cantidad de penas y duelos que sostuvieron esas sillas y esas mesas. La escena me entristeció. Tantas debilidades de carácter —o tantos de sus excesos— que debieron tratar de ahogarse —sin éxito— entre mezcales y tequilas. Luego de un rato de contemplar a aquellos fantasmas se asomó ante mí una conclusión repentina: la tristeza es un lugar. Un lugar que se ocupa, muchas veces por obligación y muchas otras por decisión. Pensé en los años en los que, sin razón aparente, prefería la melancolía a la dicha o a la gratitud. Cuestiones que fueron filtrándose entre algunos visos de madurez que la vida me fue imponiendo. “Yo no soy una historia triste” decía el personaje principal de “The perks of being a wallflower”. Pensándolo bien casi nadie lo es. Tampoco quiero decir que la tristeza sea un mérito o un privilegio de pocos, más bien que son raras las ocasiones en que ese lugar que es la tristeza se funde por completo con quien está triste. Casi siempre hay escapatorias. Luego entendí que el Tenampa es un lugar para pensar la tristeza, para observarla y diseccionar las extremidades que aún se escuecen con el solo roce de la yema de un dedo. Volveré, me prometí. La jornada llegaba a su fin con la estridencia que causaban dos pantallas inmensas en las que se transmitía el Superbowl. Tan ajeno, tan distante. Después de finalizar ese juego inexplicable, me quedé viendo las escenas del equipo vencedor. El contraste de esos cantos y bailes de victoria chillaban con el ambiente nostálgico de la cantina centenaria, una implosión incomprensible en el universo que encierra. Uno lleno de anhelos incumplidos, de cartas perdidas en altamar y de promesas que se llevaron las ventiscas del rechazo. De personas que pierden, que abandonan y que olvidan. La vida como una ranchera, no como un trofeo de gringos.




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