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Un buen lugar para correr

  • Foto del escritor: Camilo Fidel López
    Camilo Fidel López
  • 23 mar
  • 3 Min. de lectura
Empecé a hacerlo porque no tenía nada mejor que hacer. Acababa de renunciar a un trabajo que parecía más promisorio para los otros que para mí mismo. Mi retiro comenzó a mitad de semana con una mañana lenta y confusa. No debía cumplir ningún horario ni completar alguna tarea asignada; un mundo que parecía nuevo, pero no lo era (mi carrera como abogado apenas iniciaba). El calendario, antes tan prolijo, ahora parecía una página en blanco o un velo casi transparente. Luego de años de un trabajo en el que de una u otra manera me sentía útil, no hacer nada, un miércoles o un jueves cualquiera, se sentía como una inmensa irresponsabilidad. Tirar la vida por la borda. El vacío empezaba a sentirse como un globo frío que se iba inflando en el centro de mi pecho. Me paré de la cama y sin bañarme, salí a correr. Fueron un par de kilómetros entre barrios y parques que terminaron por convertirse en una rutina de años. O más que una rutina, en una forma de detener la realidad. Aunque pueda parecer extraño, la concentración que muchas veces merece correr, alcanza para ver todo más lento y todo más claro. Como si se estuviera en la cima de una incipiente colina. Meses después de esa primera carrera, y por esa providencia que es la tristeza a la hora de encontrar semejanzas, di con una película de un tipo que corría horas y horas enteras alrededor de una cancha de baloncesto, para que el agua interior, que se convertiría en lágrimas, primero fuera sudada por tanto esfuerzo. No era mi caso, pero Chunking express de Wong Kar-wai, me sirvió como excusa para responder los interrogantes propios —y algunos ajenos— de porqué corría tanto. A la fecha, casi dos décadas después, puedo decir que he acumulado una docena de miles de kilómetros en mi acervo personal —no tengo evidencias de esta cifra—, los cuales han sido y son motivo de un enano orgullo que aún brinca de vez en cuando. Para mí correr es una forma de pensar mejor. Como decía, la velocidad del cuerpo pareciera evitar la precipitación de la mente. Así como esta mañana cuando queriendo perseguir algo de sol —como cualquier bogotano, aquí y en cualquier lugar— salí a correr de nuevo. Ahora es distinto, todo es más medido, más calculado y más competitivo (el afán y las tareas regresaron). Lo que no impide que siga disfrutando igual de esas rutas que ahora se repiten al menos dos veces por semana. Hoy me vino un cuento, o un germen de cuento, a la mente. Fue un día bueno para correr —no todos los son— por casualidad pude alcanzar una caravana de carros que me había superando metros atrás. En el pequeño trancón —que se formaba en la primera curva de la glorieta— pude ver una carroza fúnebre. Curioso, leí el listón violeta que anunciaba el nombre del pasajero. No lo conocía.Y así se me ocurrió la historia: un tipo que iba corriendo, revisando con frenesí su reloj que contabilizaba su cadencia, los kilómetros recorridos, su frecuencia cardiaca y que de repente se encontrara con una carroza fúnebre que llevara un muerto con su mismo nombre. Un nombre con pocos homónimos como el mío. Entre intrigado y asustado, entonces, correría detrás de la carroza por kilómetros —no sería inverosímil teniendo en cuenta que estos vehículos conducen muy despacio— y llegaría a su propio entierro. Vería a sus amigos llorar, a sus compañeros de trabajo estupefactos y a sus familiares desconsolados. Al final se acercaría al ataúd y se vería tan plácido y satisfecho. Habría corrido hasta su propia muerte. No sé si finalizaría de esa manera, pero espero algún día darme la oportunidad de escribirlo. Mientras escribo esto concluyo que cuando corremos no solo pensamos, también tomamos apuntes de la vida que por lo pronto nos está sucediendo. Otra excusa válida para seguir haciéndolo. Correr como una versión contemporánea de lo que los griegos llamaron el ars excerpendi o el arte de anotar. Solemnizar una idea en el recuerdo para que no se escape despavorida. Repetirla una y otra vez. Justo como, ahora mismo, lo acabo de hacer. No es la primera vez que me sucede.     


 
 
 

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