¿Qué paso con las fotografías?
- Camilo Fidel López

- hace 6 días
- 3 Min. de lectura
Dicen que el juego es una forma de ablandar la tosquedad de la realidad. El niño aprende a vivir —y empieza a conocer la sustancia de la vida— a partir de emular los asuntos adultos. Por eso juega a la casa, al matrimonio y a la guerra. Sin percatarse de todo lo que implica, imita aquello que ve, oye y siente. Juega sin saber que eso que percibe, con el tiempo se hará su propia cotidianidad. ¿Será que ese juego de enterrar a los papás en la arena de la playa, no es más que una versión inocente de aquel momento fúnebre e ineludible que tarde o temprano llega? No quiero ser siniestro sin necesidad, ni tampoco apresurarme a tal conclusión, pero mucho oculta el juego del niño en lo que definirá al adulto. La fotografía que recuerdo con más frecuencia es una que ya cumplió cuarenta años. Mi hermano mayor y yo sonreímos a la cámara que sostenía mi mamá. La cabeza de mi viejo sobresalía —el también sonreía con amplitud, ese gesto de juventud que jamás ha perdido— mientras que su cuerpo permanencia enterrado en la arena pálida de San Andrés. El sol brillaba con intensidad, debía ser medio día y la imagen capturaba una dicha incontenible y superior. Una escena que por azares del revelado tiene un tono seco y verdoso. Sigue intacta —no se ha puesto roja— gracias al plástico adhesivo que la protege. Fue la primera vez que conocí el mar y volver a ese momento me recuerda no solo mi niñez, sino aquellos días en que mis papás eran un par de jóvenes con tantas ansías como incertidumbres. La foto siempre se ha conservado en uno de los álbumes familiares: esos repositorios místicos de la vida que hacen parte del patrimonio familiar más valioso. En aquellos tiempos las fotos eran objetos de memoria cuyo mejor atributo era encerrar un universo. Si se observan con detenimiento las fotos viejas, con facilidad se puede identificar un momento que sucedía y, sobre todo, la poca preparación que poseían sus protagonistas. Los álbumes familiares están llenos de fotos fuera de foco, con tías de ojos cerrados o medios cuerpos de niños que en el último momento echaron a correr. Eran imágenes imperfectas y sinceras, pero que cumplían a cabalidad con su propósito específico: que, al ser vistas en el tiempo, se pudiera comprender el momento preciso que se estaba viviendo. La médula de la nostalgia en un papel brillante. Desde luego, todo ha cambiado. Cuando a alguien se le ocurrió incluir una cámara en un celular, tales atributos se diluyeron casi por completo. Ahora las fotos son algo más (y algo menos). Hoy son un recurso de acaparamiento: la vida se engulle en el registro de cada momento y de cada lugar. Basta mirar las memorias repletas del teléfono para comprenderlo. Lo que antes era un puñado de álbumes familiares que se construían en una década o dos, ahora son miles de megabytes que se acumulan sin ningún tipo de reparo o consideración. El momento fue reemplazado por su recolección: fotos innecesarias que anulan la intensidad y la intención de las circunstancias. La fotografía desaparece en su propósito cuando se anula el instante que la causa: cuando la naturalidad de la captura es reemplazada por la pose y la mueca. Hace poco supe de una aplicación que ayuda a limpiar la memoria del teléfono, borrando las fotos repetidas. Más bien, deberían anunciar que elimina las fotos que no debieron ser. La fotos que no provocan la memoria, sino que detonan el deseo de tenerlo todo, de consumirlo todo: el presente ahora es un paquete de papas. La vida ha sido sustituida por su apariencia. El instante, el paisaje y la sonrisa —como la de mi viejo— fueron reemplazados por su escenificación. Ya nada parece honesto y espontáneo. Las fotos ya no cargan con la verdad del mundo.







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