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  • Foto del escritorCamilo Fidel López

Domingos tristes

Es tan poderosa la tristeza que así sea fingida es capaz de ser sincera. Como el agua de un baño inundado que se va colando por debajo de la puerta, la tristeza, cuando se lo propone, abarca todo: se abalanza e invade lo mucho -o lo poco- que se encuentra a su paso. Por mucho tiempo me dediqué a observarla y a reparar en sus formas puntiagudas que advierten sobre la distancia debida y permitida. “Ni un paso más”, parece susurrarnos. Ahora no me cabe duda de que la tristeza es un sobresalto del pensamiento que prefiere el último día de la semana para mecerse en el vaivén del falso silencio y la quietud forzada. Hace rato leí que la mayor cantidad de suicidios en el mundo se presenta en las tardes de domingo. No quise confirmarlo; parecía tener el sentido suficiente.

El domingo es un día extraño en el que todo pretende cambiar. Veinticuatro horas en que buscamos con todas nuestras ansías no ser más los mismos. Un día diseñado para descansar es también una carga que se derrite como un helado barato. Interrumpirnos es la cuestión favorita. Por lo general, todos tardamos en empezar y ponernos de pie. Nos obligamos a cambiar a una dieta más indulgente o a saciarnos hasta la indigestión. Muchos asisten a misas y congregaciones para enmendar lo que pasó, pedir por lo que se viene o simplemente encontrar un refugio ante la agitación semanal. Y aunque la mañana se demora en arrancar, una vez se llena de voluntad avanza a toda velocidad: el espacio del tiempo entre las diez de la mañana y las cinco sucede en un chasquido de dedos. La tarde se escapa en minutos y la noche es una visita incómoda que siempre llega demasiado pronto.

Más allá de las apariencias y promesas del domingo, es curioso que se trate de un día en el que los pensamientos salen de paseo y rebotan contra el piso y el techo de todas las cabezas. Supongo que de ahí proviene cierto desconsuelo y cierta desolación que con el canto del gallo del lunes parecen disiparse. Los domingos -uno más que otros- pensamos más que cualquier otro día por la simple razón de que tenemos el tiempo suficiente para hacerlo y comprometernos con ello. La mente se embarca en monólogos interminables y debates muchas veces sin sentido. Hace años tuve que ir a un hospital un domingo y en un consultorio de urgencias me enteré de un padecimiento que llenaba las salas cada ocho días: hombres mayores de treinta años que salían a hacer ejercicio de forma desbordada y se causaban -sin querer queriendo- infartos fulminantes. Creo que se llamaba el infarto del corredor del fin de semana. No quise confirmarlo; parecía tener el sentido suficiente.

Es probable que lo mismo suceda con la cabeza y sus habitantes, los pensamientos. Arrepentidos de haber suspendido la reflexión necesaria de todos los días, a fuerza de madrugar, llegar a tiempo y ser lucrativos, posponemos la contemplación necesaria, que se acumula para ser liberada el domingo con toda su intensidad. Imaginen lo angustiante que sería poder volver a respirar luego de aguantar la respiración por seis días.

Pintado a mano de azul sobre azul. Una obra de Mark Rothko.


Por supuesto que a todo mal una cura. En este caso, basta mirarnos las manos. Fijarnos en las líneas de arrugas que atraviesan la palma y las cinco elevaciones que terminan en falanges, yemas y uñas, para dilucidarlo. No hay nada mejor que el quehacer manual -entre más básico mejor- para apaciguar la mente y ordenar los pensamientos. Para honrar -y superar- los domingos no hay nada mejor que barrer, rociar las plantas, cocinar u organizar la biblioteca. El efecto sucede casi de inmediato tanto que se pueden ver las horas detenerse y quedarse inmóviles mientras las manos toman el control de nuestras vidas. Es obvio que sería mejor comenzar a darse un espacio entre semana para pensar tanto sin propósito como en cuestiones fundamentales. De esa manera ir liberando espacio y atención para que cuando llegue el final de la semana no se esté tan cargado y bajo tanta presión de pensarlo todo al mismo tiempo. De antemano sé que pedir eso sería una exageración, incluso un irrespeto, más aún a estas horas de un domingo.



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