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El aire fresco

  • Foto del escritor: Camilo Fidel López
    Camilo Fidel López
  • hace 7 días
  • 3 Min. de lectura
La claridad me llegó de súbito; como esos recuerdos que esperan, pacientes, su turno de aparecer. Era el aire fresco. Esas bocanadas de viento ligero que respiraba —apenas la temperatura empezaba a templarse— anunciaban el añorado comienzo de las vacaciones. Tendría seis o siete años, la edad suficiente para sacar la cabeza por la ventana del Renault 9  y empezar a jugar a contar las piscinas que iban a apareciendo. Aquel aire fresco y aquellos pozos cuadrados, eran la prueba incontestable de que las vacaciones, ese tiempo dichoso, pero veloz, acababan de iniciar. Casi cuarenta años después, lo supe de nuevo: era cuestión de volver a respirarlo. De cerrar los ojos y aspirar todos esos aromas suaves y tiernos de las tierras cálidas. Y me quedé pensando en que cuando se parte de la ciudad y de su espesura y su rigor, se suspende el tiempo de vida, y se empata aquel tiempo discontinuo que son las vacaciones. Quizás solo sea una sola vacación —o a lo sumo un par— en toda la existencia. Días separados por un año en el calendario que se hilan unos con otros, con los olores del viento, hasta completar una única fibra. Esas temporadas en las que los días se mecen con otro ritmo y la necesidad de estar al tanto, de estar presente, de mirar hacia ambos lados cuando se cruza la calle, se interrumpen. En eso consiste la dicha de vacacionar: en experimentar otra forma de vivir. Dormir sin acurrucarse por los pendientes, saciarse de sabores ajenos y dejar que la piel sea escocida por el sol. Durante estas breves temporadas, sin excepción, una pregunta fabulada de la niñez se presenta de nuevo: ¿Y si me quedara para siempre aquí?¿Y si así fuera mi vida en adelante?. Desde luego, tal ensoñación, desaparece con facilidad y se olvida casi de inmediato. Si esa fuera la vida, ya no serían vacaciones. Son dos conceptos excluyentes, al parecer. Aún recuerdo esos momentos siendo un niño en los que el único sufrimiento era saber que el tiempo siempre pasa y que se agiliza cuando se es feliz. Contaba los días que quedaban con los dedos de la mano. Porque la vida se queda, pero las vacaciones —para poder serlo— deben ser efímeras y pasajeras. También pensé en las fotografías que mi papá tomaba en aquellos días. Retratos de los momentos; sin tantas poses, arrogancias y ostentación. Niños tirados al sol con gafas de colores, comensales embutidos de comida que intentaban sonreír y poses rígidas ante monumentos granulados y lavados por la luz brillante. Decidí tomarle un par a mis hijos y a mi mujer. Fotos con verdadera naturalidad. Extrañamente después de un par de intentos, lo que debía ser sencillo, sucedió. Un par de retratos de circunstancias reales, pero repletas de entusiasmo y verdad. Los atesoraré. Y entre esos pensamientos otras vacaciones llegaron a su fin. La carrera para volver a empezar inició. Regresaré al aire espeso en un par de horas, con la gratitud de haber creado otra fibra mas de esa manta añorada. La nostalgia del final, como cuando era niño, es reemplazada por la certeza de que, más tarde que temprano, sacaré la cabeza por la ventana otra vez. Y el estropicio del viento veloz, que desordena los pelos de la cabeza y sus certezas, me recordará que la complejidad de la vida podría resumirse en sus contrastes y sus finitudes. Volver a empezar con la convicción de que si se saben atravesar los charcos turbios de la impaciencia, el aburrimiento y la angustia, durante el año que viene, la recompensa del aire fresco sabrá llegar para quedarse. Regresar a esos tiempo y lugares —a esa única vez aglomerada de tantas otras veces— en donde la vida parece ser otra cosa.

Volveré a escribir seguido.


 
 
 

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