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  • Foto del escritorCamilo Fidel López

El espantapájaros incompleto

Actualizado: 22 mar 2023

Parece una película clase B que no se puede dejar de ver. Basta ingresar un par de palabras en un motor de búsqueda para que un máquina invisible produzca novelas, tesis de grado, canciones y hasta películas. Lo macabro de la tecnología -a la cual aún le falta mucho por desarrollarse- reside en enfrentarnos ante la inminente obsolescencia de la mente humana. Muchos anuncian la llegada del fin de muchos oficios y como consecuencia, una crisis de empleo sin antecedentes. Hasta los efectos de la revolución industrial de los siglos XVIII y XIX languidecen frente a los pronósticos de esta nueva invención. Los temores se cifran en el alcance y dominio de lo artificial: no es lo mismo una locomotora a vapor que un diseño, una animación o un poema hechos por algoritmos. He ahí la mayor de las tribulaciones imaginadas, las máquinas cumpliendo su plan distópico: lo humano siendo despojado.

Sin embargo, y antes de alarmarse, es pertinente detenerse en lo que esta tecnología asume como inteligencia y que hace bien en llamarla artificial. En esta nueva serie de invenciones, inteligencia es una serie de mecanismos automatizados que cruzan, a partir de fórmulas algorítmicas, una información dada como insumo para producir un resultado que se asemeja a una creación. En realidad, es una simulación de tan solo una porción de lo que se conoce como inteligencia humana y que, observada con detenimiento, es precaria, básica y predecible. Es el artificio del artificio; un truco de magia que juega con las apariencias y los sombreros de doble fondo. (Aclaro eso sí, por ahora).

Para entender el concepto de inteligencia de estas tecnologías -y sus límites- es oportuno recordar a un personaje de la historia de El Mago de Oz: el espantapájaros sin cerebro. Un artificio que aunque podía hablar, caminar erguido, bailar e incluso sujetar la mano de la refundida Dorothy, se sabía incompleto. Al triste ser de paja, ansioso de humanidad, no le bastaba con parecerse: quería encarnar toda la complejidad del ser humano. Ser una versión limitada no era suficiente; quería experimentarlo todo. Desafortunadamente, luego de que el poderoso mago le diera un cerebro solo se sabe que se convirtió en uno de los seres más inteligentes de Oz. Nada supimos sobre sus noches llenas de divagaciones intrascendentes o de lo conmovido que lo dejaba contemplar una tarde de rojos brillantes.

En todo caso sería una ingenuidad pensar que este es el fin de la historia de esta tecnología o que el proceso de simulación no se perfeccionará con el tiempo. Pero por lo pronto, si lo ingenieros a cargo de su desarrollo no se detienen a pensar en elementos -muchas veces- imperceptibles que conforman la inteligencia humana y que son ajenos a las lógicas imperantes de producción, efectividad y lucro, la inteligencia artificial deberá resignarse a ser un remedo que se parecerá más a una calculadora que a un niño corriendo detrás de una pompa de jabón.

Anoche le pedí a una inteligencia artificial que creara una imagen llamada El Beso de los Invisibles -tal y como el mural que creamos en el centro de Bogotá en 2013- y aunque los resultados fueron llamativos y coloridos, me decepcionaron. Las nueve imágenes, producidas en segundos, eran un amasijo inerte de colores y formas que cumplían con la misión escasa de sobreponer significados de palabras y referencias explícitas. Eché de menos eso que denominó el filósofo Barthes como el punctum en la fotografía: lo que duele, lo que atraviesa, lo que vulnera. Las simulaciones del beso estaban incompletas.


En últimas, la pregunta que cabría hacerse es sumamente mística ¿dónde reside lo inalcanzable del ser humano? Siempre es un gusto ver a la ciencia sometida y cuestionada por lo inexplicable, lo inasible y lo disfrazado de inutilidad. Esas mareas indescifrables de la creatividad humana de donde surgen historias como la de un espantapájaros desolado por no tener un cerebro completo.





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