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  • Foto del escritorCamilo Fidel López

El ocaso del silencio

En las madrugadas oigo a los carros salpicando a los charcos con sus llantas: espejos oscuros y líquidos que se rompen a toda prisa. Así me entero del clima afuera, y así sé qué tan fuerte llueve. Luego vuelvo a dormir con el ampuloso sosiego que contiene la certeza de un techo y un lecho. Algunas veces no son los charcos sino el motor interminable de un camión de basura que brama sin parar y suelta un chorro de aire cada vez que emprende la marcha. Otras, el taconeo tardío de una vecina adormecida por los tragos que aún no desiste en la búsqueda del amor en el lugar equivocado. La noche se alarga entre sonidos artificiales que se van superponiendo y ocultando sin aviso o licencia. Ya no aúllan los perros que duermen dopados como objetos de adoración perversa. Mucho menos trinan los pájaros de horarios trastocados que se cobijan en ramas de arboles insuficientes y deprimidos. Quizás el humano con su afición colona también supo despojar a la naturaleza de sus intervalos de quietud y zozobra; de sus silencios que, al fin y al cabo, no lo son: por ser susurros delgados del viento o roces del agua de río contra piedras brillantes.

Como otra maldición prometeica, otra trampa disfrazada de regalo, el ruido -como constante estridencia- nos fue entregado para dejarnos a mitad de camino. El más preciso diagnostico de un existir desatento y desorientado. Decía un jefe hace años que el sonido descriptor por excelencia de la ciudad era la sirena de la ambulancia. Es posible que acertara. Cada vez que me cruzo con una no puedo evitar amalgamar la curiosidad con la piedad pasajera. Me pregunto con morbo por la gravedad del enfermo para luego persignarme y hacerme sentir mejor. Funciona. Asimismo, la ambulancia también revela una condición pariente del ruido: el afán. Todo resuena cuando se va deprisa. La ciudad se mueve aparatosamente, a empujones, en una carrera descabellada en la que nadie llega primero: el filo del tiempo se convierte en un azar que depende de un accidente tonto y torpe, una obra que avanza -esa sí- con parsimonia o la protesta de algunos que convierten interrumpir afanes en su mejor argumento político. Es imposible el silencio en buses abarrotados de gentes calladas o para pasajeros de automóviles que solo hallan consuelo en noticias escandalosas. Solo quien camina por las calles parece esquivar algunas esquirlas, satisfacción interrumpida por el escozor que causa la paranoia en la piel.

Marina y Ulay en silencio


Hace años visité un colegio en el que se enseñaba y obligaba al silencio. Todos y cada uno, los primeros minutos de todas las mañanas, debían permanecer sentados y con los ojos cerrados. Afuera se oían todo tipo de estridencias que, sin embargo, no los inmutaban. Niñas y niños, de sudaderas oscuras, eran inmunes al mundo que se hunde y eleva entre pasos, pitos y chiflidos. Con seguridad, estos ejercicios los enseñaron a soporta el silencio de su palpitar (que tampoco es, irónicamente, silencio). Supongo que con el tiempo, terminarían por aceptar que el ruido no es más que una terapia malsana para evitar la confrontación propia (en eso se guinda el éxito de su propagación). ¿Qué será de ellos? . Porque allá donde nadie se detiene a observarse solo quedan siluetas de carne y hueso que tan solo avanzan sin las suficientes preguntas para ganarse, un día de estos, un alma para sí mismos. ¿Habrán corrido con mejor suerte al ausentarse del ruido y reconocer que, por ahora, el silencio solo puede existir al ser imaginado?.


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