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  • Foto del escritorCamilo Fidel López

El olor de la carcel

Fue la primera y única vez que fui a una cárcel. Como parte de la clase de Criminología, al profesor le pareció adecuado hacer una visita de reconocimiento que terminó por explicar las verdaderas consecuencias del ejercicio del derecho penal. Eramos unos sesenta estudiantes en el semestre y muchos ya empezábamos a sentirnos atraídos por esa rama del derecho que, sin duda, es la que teje mayores coincidencias con la filosofía, el cine y la literatura. Además, y gracias a esa experiencia, un par de nosotros embelesados por ciertas utopías de justicia y poder, entendimos las abismales distancias entre lo que debatíamos en clase y las implicaciones humanas, renuncias personales y aberraciones procesales del ejercicio de la materia. Ahora creo que Jaime Lombana, un docente elocuente y cercano en esos días, quería enseñarnos a partir de la decepción. Quería probarnos el cuero y los nervios y, de paso, doblegar a la ingenuidad que brota del entusiasmo de la juventud. No falló. Después del episodio, no fui el único en desistir.

En palabras del profesor, la cárcel escogida para la visita era una excepción del sistema penal. La Distrital es un edificio de ladrillos relativamente nuevo que, para el año 2001 cuando la conocí, no padecía la tortura del hacinamiento ni albergaba delincuentes relacionados con mafias o grupos terroristas. Está ubicada en el sur de Bogotá a tan solo a unos veinte o treinta minutos de la Universidad del Rosario. Recuerdo los protocolos de seguridad que se presentaron y el llamado a no separarse del grupo para evitar riesgos innecesarios. La mayoría, dentro de los que me cuento, cumplimos las instrucciones al dedillo. No fuera a ser que un simple ejercicio académico -aunque fue mucho más que eso- terminara en alguna circunstancia anómala. Nadie quería pasar la noche entre criminales por despistado o temerario. Fuimos un buen rebaño.

La cárcel Distrital, primera y única que conocí.


Lo que mas me impactó al dar los primeros pasos dentro de la cárcel fue el olor. Era un aroma seco de reclusión que jamás había percibido. Con el tiempo comprendí que las almas empolvadas huelen a acritud: la fragancia natural de la rabia y la desesperación. Ese olor único se demoró un par de días en retirarse pero se grabó con cincel en mi memoria. La convicción fue inmediata: no soportaría regresar a un lugar como éste. Los guardias nos trataron amablemente y miraban nuestras reacciones con curiosidad. No dudo que les produjimos alguna risa soterrada, mientras nos conducían por pasillos oscuros hacia el patio principal.

Los reos nos miraban de distintas formas. Para algunos éramos un grupito de estúpidos que caminaban como niños en un zoológico o miraban con las pupilas a reventar a un espectáculo triste de un circo de variedades. Otros se acercaron con confianza y nos preguntaron de dónde veníamos. Nos llamaban doctores; lo que nos hacía sentir impostores pero poderosos. Uno de ellos, un tipo moreno y menudo, de unos treinta y cinco años de edad, se nos aproximó y nos pidió ayuda. En su mirada se mezclaba esa especie de bondad que brota del desamparo. Nos contó, con la habilidad que desarrolla alguien que ha relatado una historia muchas veces, que había sido condenado a treinta años de cárcel por robarse una teja. Nos sorprendió su relato al que respondimos asintiendo con comprensión fugaz y mediocre. Lombana nos había advertido de evitar cualquier confianza o extender cualquier promesa con los presos. No lo hicimos.

A lo lejos, uno de los guardias, encargado de abrir y cerrar la puerta de acceso del patio, observaba toda la escena. Una media hora después, cuando llegó el momento de salir del patio, el guardia se nos acercó y nos preguntó si el reo nos había contado su historia. Al responderle que sí, nos volvió a preguntar si había incluido la parte en que mataba a un celador a cuchillazos para robarse la teja. Quedamos estupefactos e incómodos; supimos de inmediato que sería una anécdota que nos acompañaría el resto de los días. Pensándolo bien, es comprensible que una de las formas de la supervivencia de los presos sea aferrarse a su inocencia, sea esta real o imaginada. No hay lugar más afilado para entender la libertad de los seres humanos que una cárcel.

Ese día, aún con el olor a cárcel encima, cambió mi rumbo profesional. Empecé a ver de reojo al derecho privado como quien mira a un pretendiente aburrido pero seguro y confiable. Los siguientes diez años de mi vida continué estudiando esos caminos y me dejé llevar otra vez, ya no por la fantasía de la justicia sino por el espejismo del éxito en forma de nudo de corbata Hermès. Tampoco duró mucho. Dicen por ahí que todo abogado de mi universidad nace constitucionalista, crece como penalista y termina trabajando en un banco. Estuve cerca de cumplir ese destino bromista y resbaladizo de los rosaristas.

Lo he dicho varias veces, luego de no pocas decepciones y grandiosos amigos que aún me rodean, la mejor decisión que he tomado en mi vida fue estudiar derecho. Hace quince años dejé de ejercer pero aún me siento un abogado; uno de esos que no quisieron seguir intentando escudriñar la justicia entre los escombros de la abaratada realidad del país. A diferencia de muchos colegas, a quienes admiro, jamás sentí la justicia en las yemas de los dedos o fui capaz de equilibrar la verdad entre defensas y estrategias. No pude. Simplemente eso. Los olores también cambian la vida.


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