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  • Foto del escritorCamilo Fidel López

El papá que puedo ser

Cada vez que paso por un colegio en la hora de recreo ya no veo niños y niñas corriendo, jugando a la lleva, montados en columpios o escondiéndose detrás de un árbol. Ahora veo algo más. Veo mamás y papás haciendo lo posible por pagar las cuentas a tiempo, tener comida saludable en la despensa y poder proveer un techo seguro y cálido. El inmenso y voluble quehacer de crearles rutinas predecibles: evitarles los contratiempos y desengaños a todo costa. Aquellos que tengan hijos sabrán de qué hablo y aquellos que no tienen, podrán intuirlo. No obstante, las obligaciones de los padres no paran ahí; si así fuera, la cuestión de criar no sería tan inquietante. Sin duda, las obligaciones no se reducen a crearle un escenario (o al menos un telón) de tranquilidad económica a sus hijos. Simplemente, no es suficiente. También queda la resbaladiza y fundamental labor de ser una buena mamá y un buen papá en otros aspectos: estar presente, ser afectuoso y comprensivo, mantener la calma y serenidad mientras se disciplina y se forma al futuro adulto. Sin rodeos, más allá de la plata (mucho mas allá) queda el misterioso y espinoso ascenso hacía la significativa cumbre de dar buen ejemplo. Y encarar la responsabilidad que surge cuando se sabe a ciencia cierta que estamos siendo imitados a cada paso. Los hijos e hijas están hechos de arcilla húmeda e hilos que se tensionan con cada movimiento de las manos de los padres.

Por si fuera poco, ahora son frecuentes las exigencias sobre la experiencia de ser padres en las redes sociales que contienen referencias y pautas inalcanzables y sobrehumanas. El like también llegó a la supuesta buena crianza. De ningún modo, la compulsión colectiva de ser perfecto y sonreír agradecido en el proceso, ha sido ajena a la maternidad y paternidad contemporáneas. Supongo que en los tiempos de mis viejos no se tenía tanto ruido y tanta opinión de los demás, lo que -en parte- les facilitaba las decisiones y actitudes frente a nosotros. A lo sumo, las abuelas imponían su voz de autoridad con remedios viscosos, fuetes gruesos colgados en la pared y lanas de colores anudadas en la muñeca. O alguna vecina relataba un caso trágico sucedido en su pueblo natal donde un niño caprichoso terminaba convertido en criminal incorregible. Eran otras épocas y eran otros aires. Hoy en día, ciertas escenificaciones en las redes abren paso a la siempre latente oportunidad de frustrarse ante la realidad de no ser el mejor padre o la mejor madre; con el néctar miserable e irresistible de sentir que algo siempre falta. Como sucede con las cuentas y perfiles sobre dietas o ejercicios, cada consejo altivo de un influenciador sabelotodo de dientes blancos y brillantes, con hijos que parecen utilería de comercial de seguros de vida, provoca una sensación de no estar haciendo lo necesario. Un extraño sentimiento de culpa. Por supuesto, existen excepciones en personas y celebridades que se muestran públicamente tal y como son: cansadas, confundidas y menospreciadas, lo que, en mi opinión, no los hace, por efecto, mejores padres pero sí los convierte en seres más auténticos y honestos. Valores nada despreciables para trasmitir a las hijas e hijos.

En cualquier caso, es mejor abandonar los estándares o baremos; y no hacer parte del concurso falso de lo intachable. Desde luego, no se trata de no informarse por estas redes sino aproximarse a todo lo que se dice con sospecha y recelo. De cualquier modo, la crianza es como montar en bicicleta: solo se aprende -si es que se llega a aprender- con porrazos, raspones e intentos que parecen interminables. Lo suficiente en esta materia pareciera simple: continuar y seguir adelante con lo que se crea mejor y más apropiado para los hijos. Evitar intromisiones y comentarios que pueden convertir la crianza en una especie de examen de primaria. No lo es. Mi familia sabe que estaría dispuesto a cualquier sacrificio por mi hija, salvo a fingir que soy una persona distinta a la que soy. En eso ha consistido mi estrategia: ser el papá que puedo ser. Con todas las limitaciones y desafíos que esto pueda significar. Nada más y nada menos. Ya veremos si en el futuro mi hija me lo reclame o lo celebre. Sé de antemano que sus reacciones con el paso del tiempo van a ser más difíciles de controlar. No queda más que esperar y seguir, sin competencias y sin culpas. Ser tan solo eso que se puede ser es quizás el mejor ejemplo que podemos ofrecer.


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