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  • Foto del escritorCamilo Fidel López

El que no aplauda es chavista

Actualizado: 16 feb 2023

Venía pensando en algo que escribió Pessoa y que acababa de leer. Algo así como que parte de la felicidad del poeta, en un día soleado y despejado en Lisboa, tenía que ver con los puestos de venta de plátanos amarillos que encontraba a su paso. Una elegía breve a la magnificencia de lo simple y su cotidianidad propia. Le daba vueltas a la anécdota cuando desde el fondo del bus se acercaron dos raperos venezolanos. Guardé el libro y les presté atención. Por un par de minutos improvisaron rimas graciosas y de doble sentido sobre cada uno de los pasajeros. Llegado mi turno, me dijeron que parecía gringo, fruncí el ceño al oírlos. El show finalizó con una frase, fríamente, calculada: “el que no aplauda es chavista”. La gente pareció no reaccionar. El duo recibió un par de monedas de un público somnoliento y sudoroso. Se bajaron conmigo en la misma estación. Los perdí de vista.


Para cualquiera que con cierta frecuencia use Transmilenio, es imposible omitir que el sistema se ha convertido en el espacio de trabajo de miles de migrantes. La mayoría de ellos, personas jovenes y con hijos, apelan a la mendicidad y a la venta de bagatelas, enmarcadas en discursos sobre todo lo que perdieron cuando se fueron. Gentes que todos los días abandonan las piezas alquiladas para conseguir lo suficiente para pagar la siguiente noche. La versión más triste y suramericana del mito de Sísifo. Tengo la edad suficiente para recordar lo que era -o al menos parecía- Venezuela antes de la llegada de Hugo Chávez y sus sudaderas tricolores. Lo más ofensivo de su supuesta revolución es que terminara lanzando a millones de pobres a las periferias del continente a pasar todo tipo de angustias y aflicciones. Nada que aplaudirle al coronel y sus secuaces que siguen con vida. Chávez es un mausoleo indefendible.

Irse para siempre debe ser muy duro. La única vez que lo intenté no fui capaz. A los pocos meses estaba de vuelta. Me sentí extraño e insignificante. Cuando regresaba en metro de la Universidad veía cientos de migrantes regresar a sus casas o afanarse por llegar a su segundo o tercer trabajo del día. Sus miradas duras y cansadas me indicaron que ese no era el lugar para mí. Por fortuna, podía escoger volver o aguantarme. Muchos, todos los días y en muchos lugares del mundo, no corren con la misma suerte.

La partida incluye un proceso de imaginación y olvido. Concebir la existencia en otro lugar, inventarse oficios en nuevos contextos que se saben hostiles y pretender, sobre todo, que las amarras de la vieja vida han desaparecido. También significa suspender la memoria al atacarla con silencios y vacíos para evitar no romper en llantos contenidos. La simple idea de irse es dolorosa salvo para quien está huyendo y sabrá abrigarse entre excusas y justificaciones. Recuerdo que en la crisis de 1998, al menos media docena de compañeros del colegio se fueron para Estados Unidos y España. Ninguno regresó para ver los plátanos amarillos de su infancia. El problema de irse para siempre es que dura toda la vida.

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