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  • Foto del escritorCamilo Fidel López

La ausencia

Apenas acabo de empezar un extenso libro de Paul Auster que promete ser tanto un deleite como lectura como una lección sublime de escritura. Con una admiración conmovedora -casi adolescente y por eso magnífica- Auster cuenta la historia de un escritor llamado a ser uno de los más imponentes de los autores norteamericanos; sin pudor o rubor, lo compara con Mark Twain o el mismo Hemingway. Dichos galardones -según Auster- han venido quedando en el olvido por descuido de la academia y la desatención del público, pero sobretodo porque el escritor murió muy joven; antes de cumplir los treinta años. En todo caso, dejó tras de sí (tras de su ausencia) una serie de libros y cuentos que Auster se toma el tiempo de auscultar y ponderar con la mayor delicadeza y afecto. El prematuro difunto -de quien jamás había oído o leído un solo párrafo- es Stephen Crane, un escritor bohemio que vivió sus años más lúcidos sumido en el credo de la pobreza y que según Auster, cambió -sin querer y sin saber- el curso de las letras norteamericanas. Página a página me ha venido convenciendo.
  
Entre todas las ideas esbozadas por Auster para defender el legado de Crane hay una que cobra mayor gravidez en estas épocas de celebraciones y encuentros: la ausencia. Desde luego, la Navidad y el Año Nuevo son las temporadas de mayor presencia física del año, ya sea en versión de fiesta familiar, músicas estridentes o luces centelleantes. Un período repleto de elementos materiales y experiencias sensoriales que abarcan el sabor del primer bocado de tamal hasta el olor serpenteante de la pólvora que se quema en el asfalto. No obstante, estas épocas también están definidas por abstracciones e imágenes que hace tiempo dejaron de ser tangibles, como la infancia, los primeros amores y los que antes -hace tanto o hace poco- estaban con nosotros. En ese aspecto, estas fiestas también son definidas por esa ausencia que es una sola: esa compañera gentil pero dolorosa que inunda y avasalla al deseo -casi impuesto por estos días- de ser feliz.

Por Auster y por varias perdidas cercanas he estado pensando mucho en ella. La he mirado a los ojos -los propios y los ajenos- y le he preguntado sin ambages de qué se trata su juego. Misteriosa me ha sabido contestar: la ausencia es la certeza del desconsuelo. El fin de la presencia que se convierte en un vacío irreparable; aunque se viaje a los confines del mundo o se ahogue el pensamiento en barriles de alcohol. La ausencia es la acompañante constante que en estas fechas de presencia se hace más rotunda y más tenaz. Dice mi madre que hay dolores que se sufren para siempre. Osaría corregirla con un sutil cambio: lo que dura para siempre, por su propia naturaleza, no son los dolores sino las ausencias. El espacio que dejaron aquellos que no volverán en su condición física y material. En su mirada fija, en su voz susurrada y en los surcos que crecían entre las arrugas de sus manos. En la ausencia no existe lo pasajero.

Faltan algunos días para que se acabe este año enrarecido. En todo caso, las fiestas continuarán, las familias compartirán mesas y copas y lo físico parecerá ceñirse sobre las celebraciones. Sin embargo, oficiando como compañera ingrata siempre estará sentada junto a nosotros la ausencia de quienes se fueron durante estos últimos doce meses. Habremos de llorar y recordarlos a todos porque aunque la ausencia no tenga consuelo, siempre se prestara amablemente a refrendar la genuina obligación de cada fin de año: demostrar la devoción,  el afecto y la gratitud a quienes aún permanecen aquí.

Un feliz año para todos.




Stephen Crane.

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