top of page
  • Foto del escritorCamilo Fidel López

La fila para irse

Nos sorprendió una fila tan larga; era domingo. La tarde calurosa se afirmaba en un cielo con pocas nubes. Había más de cien personas que esperaban sin apuro la llegada de su turno. La cola rodeaba uno de los extremos de un parque público del barrio El Vedado de La Habana. Nos acercamos para hacer la pregunta fundamental: ¿para qué es ésta fila?. Una mujer sonriente y despreocupada nos respondió de inmediato: “para irse de Cuba”. Los que alcanzaron a oír soltaron una carcajada brillante. Luego, alguien se compadeció de nuestra confusión y nos confirmó que era para comprar un helado en la famosa tienda Copelia. Nos fuimos asombrados. No valía la pena esperar. Todavía quedaba mucho por andareguear por la ciudad más secreta y mas franca del Caribe.

Siendo un niño, mis vacaciones de medio año incluían acompañar a mi abuelo a hacer vueltas; la curiosa expresión que evoca un juego de niños sin propósito. Las disfrutaba con sinceridad. Para don Julio César, recién pensionado, era importante que mi hermano mayor y yo aprendiéramos las rutas de los buses y a ubicarnos en Bogotá. Todo puede pasar, nos decía con frecuencia. De esas épocas proviene la sospecha y temor que me causa la Avenida Caracas; ese mamotreto de grises edificios y comercios ruidosos que acorralan a toda aquel que se adentra en ella. Tanto me gustaba hacer vueltas, que me quedó gustando. Un par de amigos se burlan de mí por mi costumbre de ausentarme de las facilidades de la virtualidad para visitar una oficina pública abarrotada o una tienda de chatarra en pleno centro de Bogotá. Hace mucho que no me acompañan a esos planes. Tienen razón pero ellos se lo pierden.

Cuba y sus filas

Por supuesto, con frecuencia estas vueltas incluyen hacer filas. Una especie de dinámica humana ahora en peligro de extinción que enseñaba a niños como yo la importancia de la paciencia y la terquedad. La fila impone un desafío evidente: no abandonarla, no renunciar, no vencerse. En un mundo donde todo está disponible en una pantalla, como anuncia el filósofo Byung-Chul Han, la fila no tiene razón de ser salvo para pensionados, disipadores del tiempo y nostálgicos que insisten en aguantar el riesgo de no hacer nada. El que hace vueltas sabe de la inminente posibilidad que luego de la espera, la exigencia de una fotocopia al 150% puede hacer trizas cualquier trámite. No pienso defender la ineficiencia ni tener que esperar horas para comerse un helado, lo que lamento es que las nuevas generaciones estén perdiendo la capacidad de esperar en un mundo inmediato que diluye las horas al hacerlas imperceptibles. Un click no es distancia alguna.

Hoy madrugamos a ir a un banco en el sur de la ciudad. La entidad exigía la presencia física de Catalina que pretendía destrabar un trámite que se había vuelto inexplicable. De nuevo, me convertí en un compañero y observador. A la vuelta, compré los mismo chocolates que nos solía comprar mi abuelo y me dispuse a esperar. En las ventanillas un anciano aducía que se estaba quedando sordo, en la siguiente una señora contaba que uno de sus hijos se quedaba con la plata de pensión, y en la otra, la última, una joven en silla de ruedas mostraba con dificultad la pantalla del celular a la cajera. La verdad no nos demoramos y el asunto quedó resuelto. De salida miré las montañas oscurecidas por las nubes gruesas y nos dispusimos a ir a trabajar. Al fin y al cabo, en la vida, todo puede pasar.
79 visualizaciones0 comentarios

Entradas Recientes

Ver todo
bottom of page