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  • Foto del escritorCamilo Fidel López

Legalizar sin santificar

Sus frases parecían hechas de retazos. Sus palabras, aunque no eran del todo incomprensibles, estaban deshilvanadas y parecían quedársele al final de la boca, resbalándose cautivas. Cuando lo entrevisté, una presencia era infaltable en su historia: el reproche por sus errores pasados. Me contó que sus papás, luego de varias oportunidades, lo habían echado de la casa. Ese fue el comienzo del fin, que quedó sentenciado cuando perdió, definitivamente, a su esposa y a sus dos hijos. Lo repudiaron con razón. Supo justificarse en una mala amistad y un amor desmedido por la selección Colombia, que lo llevaron al trago y luego a otras “cosas”. Me impresionó que nunca quisiera llamar las “cosas” por su nombre, teniendo tantos: marihuana, bareta, perico, pérez, carro, bazuco. Lamentó haber dejado de ser un buen trabajador por empezar a robar licor de los supermercados. Los policías ya lo conocían por sus entradas pasajeras a las estaciones. Lleva un par de años viviendo en las calles de la localidad de Mártires. Mientras me hablaba, su frente arrugada y de entradas profundas se encogía como queriendo triturar sus propios pensamientos.

Hago parte de una generación que en la infancia se relacionó con las drogas desde el miedo. En mucho ayudó un tenebroso comercial del extinto Banco Cafetero, en el que el rostro de un hombre joven y saludable terminaba, poco a poco pero de forma contundente, demacrado y ausente por las adicciones. Sú última imagen siempre me recordó a Jesús, y esas pinturas de las iglesias en donde al hijo de Dios se le confunde el sopor con la tristeza, justo después de ser bajado de la cruz. Al lado de ese miedo y en esos mismos años, mi infancia fue marcada por reuniones familiares en las que nunca faltó el trago, el cual era parte estructural de toda celebración y encuentro. No había nada de malo ni discutible en eso. Ya fuera para bautizar a los más jóvenes como para enterrar a los mas viejos, siempre mediaba el trago. Ya de viejo, continué -y continúo- con esa sospechosa tradición.



Por estos días se adelanta un debate de legalización del uso adulto de la marihuana y como siempre se han alzado voces a favor y en contra. En mi caso, me ubico en la primera tribuna. Entiendo tanto las razones filosóficas, la ampliación de una libertad humana que se basa en su propia responsabilidad individual, como los efectos políticos, disminuir la velocidad en el crecimiento y rentabilidad de un negocio que jamás acabará -el placer del ser humano mueve montañas. No obstante, lo que supera mi esfera de comprensión son algunos defensores de la legalización que parecieran querer ocultar y maquillar los efectos nocivos de la marihuana (más que comprobados por amplios estudios científicos). Algunos apelan a ideas y mitos ancestrales para evadir las evidencias de los peligros que acarrea el consumo y lo disfrazan de una supuesta reconciliación con la naturaleza. Pero sin duda, los más delirantes, son los que traen a colación los daños estrepitosos del alcohol para redimir a la bareta: se equivocan pensando que se trata de una competencia de nocividades. No lo es. Ambos consumos representan un riesgo para la salud privada y pública, y por lo tanto, deben ser tratados desde la regulación con mucho cuidado y precaución. No nos vaya a pasar como en el mundo de la corrupción en el que se trata de justificar y alivianar los hechos propios a partir de compararlos con hechos de otros. Trago y drogas son una miseria latente.

Días después, cuando revisé el testimonio, tuve que descartar muchas partes que no se entendían del todo. Sin embargo, hubo una pequeña fracción que si incluí en el cortometraje documental que estamos preparando para que haga parte de la conmemoración de los diez años de nuestro mural de El Beso de los Invisibles. La incluí porque revela el dolor personal que le causaba al habitante de calle haberlo perdido todo, y porque lo hace con solo dos palabras que resuenan cuando alguien habla de sí mismo: fracasado y hundido. No se trata de moralizar un debate importante para el país con lecciones de comportamiento o testimonios desgarradores, pero tampoco se trata de trivializar riesgos y peligros por posar de defensores de la libertad,. Esto no es una cuestión de hinchas o argumentos repletos de likes desprevenidos. Más bien, todo se refiere a otra oportunidad más para aprender a observar la naturaleza que nos habita, en la que el abismo, sin excepción, nos mira fijamente.
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