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  • Foto del escritorCamilo Fidel López

Los días difíciles

Se manifiestan desde las primeras horas de la mañana, en forma de objeción a las expectativas trazadas: una ducha dañada, un pan viejo, un pie mojado por una baldosa que escupe agua. La jornada empieza a desfigurarse a golpes de frustración. Una canción predecible que no cambia de ritmo ni siquiera al llegar al final. Un desastre de pequeñas cosas que se derrumban sin que se pueda oponer resistencia alguna. Los días difíciles a veces duran semanas o meses, pero su empaque más común tiene efectos por veinticuatro horas. He aprendido a reconocerlos mucho antes de que se abalancen. Acepto el tono de la situación, sin más, como un buen bogotano que sabe que la lluvia incómoda no cesará hasta llegada la noche. Renuncio ante la fotografía fuera de foco.

No me refiero a los días peores, a esos que cambian la vida para siempre: las tragedias indecibles que imponen el llanto desconsolado de acera entre la multitud. Tampoco a la rutina del desdichado que se ha vuelto incapaz de ver más allá de las nubes espesas. Hablo de los días comunes, que se encaprichan con la dificultad. Dictados por alguna deidad bromista que intercede para que todo resulte contrariado, para que nada salga como se esperaba. La factura devuelta por un error de digitación, las llaves se quedan dentro de la casa, la pantalla del celular se termina de quebrar por un golpe tonto. Y así se define el día entre reveses y giros torpes que ponen a prueba la paciencia y la cordura.


Tan poderosas son estas jornadas que no queda más que aguantar. Se vive mejor cuando se acepta que no todos los días son buenos y que es preferible y mas conveniente que sean así. No existe mayor peligro que una dicha ininterrumpida: esa falsedad de la que están plagada las redes sociales con esas marionetas de la tristeza que proclaman la formula de la felicidad; charlatanes que creen poder imponerse a la voluntad equilibrada del presente que decide por nosotros. Está bien no estar bien, dice una canción pop, y acierta sin reparos. La sabiduría de la vida también reside en sus contrastes: que solo de la oscuridad nazca la luz y que después del ruido reine el silencio. Los días buenos solo pueden reconocerse cuando se afrontan los días difíciles.

Hace poco tuve un día así. Lo supe cuando me desperté de repente y sin remedio en la mitad de la madrugada. Durante las siguientes horas, pequeños eventos insistían en chocar contra mi voluntad. La agitación y la molestia empezaron a florecer y solo quise que llegara la noche. Pero antes de apagar la luz tuve un destello de dicha: un recordatorio del plano general y del calendario completo. Me enteré de todos los favores que me rodeaban y agradecí por la adversidad que me permitía ver lo bueno, lo bello y lo apropiado. Cuando llego el momento de encontrar el sosiego tajante de la almohada, me imaginé en la orilla de un mar de mi niñez y sentí las olas tocar la punta de mis dedos de los pies. Los moví alegremente. El día difícil había quedado atrás.
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