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  • Foto del escritorCamilo Fidel López

Un almuerzo de domingo

Me dijeron que era rusa pero en realidad era ucraniana. Aunque conocía su trabajo desde hace un tiempo no la conocía personalmente. Hace poco, un amigo en común nos invitó a comer a un restaurante en el centro de Bogotá para que nos conociéramos e intercambiáramos un par de ideas. Me contó que llevaba trabajando con proyectos artísticos en espacios públicos por más de quince años en Amsterdam; donde vive hace mas de treinta. Vino a Colombia como parte de una investigación patrocinada por una universidad y siguiendo los rumores que hace rato llegaron a Europa sobre Bogotá y sus grafitis: estaba sorprendida y emocionada, como le sucede a muchos extranjeros que llegan con otras miradas a la ciudad. Ya había hablado con varios artistas y la impresionó el enorme ecosistema de creación de pintura en las calles. Hablamos por un buen rato y acordamos vernos de nuevo antes de que regresara a Holanda.

Tenía una personalidad llamativa y directa. Hablaba con firmeza y sin pudor sobre el arte público en Europa y la forma en que se ha gestionado y aprovechado. Desafortunadamente, no siempre con las intenciones más transparentes o los resultados deseados, confesó. La escuche con cuidado y me llamó la atención que coincidiéramos en tantos aspectos. Luego me enteré de que también era abogada y supuse que algo de eso tuvo que ver en nuestros puntos de encuentro. El almuerzo no llegó jamás a incluir conversaciones personales más allá de la información relevante de nuestras biografías personales. Pagó la cuenta y ante nuestra renuencia a aceptarlo, nos aclaró que eran parte de sus gastos de investigación. Bromeó sobre los precios de Bogotá y los comparó con las extravagancias de costos en Europa por una comida similar. Le agradecimos y prometimos que en otra oportunidad quedaríamos a paces.

Durante el almuerzo, y por todos los modos, traté de no hablarle de la guerra de Ucrania. Fue ella quien lo mencionó antes de llegar al parqueadero cuando le pregunté sobre si había nacido en Kiev. Negó con la cabeza y me explicó que toda su familia era judía y que vivían justo en la frontera de Polonia, muy cerca a los campos de varios campos de concentración: nombró algunos que no conocía pero asentí como si me fueran familiares. Luego, creo que al notar mi interés que ya era imposible de ocultar , me dijo que su padre se había cambiado el apellido hebreo después de la guerra con la convicción absoluta de que algún día “alguien más vendría tras ellos”. Con la expresión de mi cara le di la razón a su papá. Mil comentarios se me cruzaron por la cabeza pero todos se quedaron en vísperas. Había sido un almuerzo agradable y afectuoso y no quise dañarlo con alguna opinión ignorante o extraña. La vida no es twitter, en la vida no es necesario posar siempre de ingenioso.

Antes de subirse al carro, y mientras mi amigo pagaba la tarifa por un par de horas de parqueo, siguió hablándome sobre su familia. Me contó que está conformada por judíos, rusos, ucranianos y musulmanes. Solté una risa de sorpresa por tamaña relación y sus implicaciones actuales. Luego me dijo en broma, en un inglés con las tés y las erres hechas de acero, que todos se odiaban entre sí pero que, al fin y al cabo, se han sentado muchos domingos a almorzar juntos como cualquier familia que comparte la mesa de vez en cuando.

Luego de despedirme me imaginé una escena llena de platos y bebidas típicas de todas las culturas y territorios que originaron a su gente y que sin duda, definieron su historia personal. Fue una imagen feliz como nuestro almuerzo. Mientras caminaba por la carrera séptima pensé que tal vez la paz no se trata de ponerle fin al odio, tan ardiente y traicionero, sino más bien de volver a compartir una mesa entre todos, un domingo cualquiera, para recordar que para mal o para bien, somos todos, a lo largo y a lo ancho, una misma familia. O quizás, lo que sucede es que no estamos haciéndonos las preguntas correctas por evitar la vergüenza de darnos cuenta de que las respuestas están más cerca de lo que todos creemos. O queremos.


Le pedí a una inteligencia artificial que produjera una imagen del almuerzo de domingo.

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